La Cara B · Memoria musical

De Los Ojos Negros a los primeros punks: las pandillas que precedieron a la Movida madrileña

Antes de Rock-Ola, las cámaras y la celebración oficial de la modernidad, los jóvenes de Madrid ya habían convertido las salas de baile, los barrios y la música en territorios propios.

Mucho antes de que Madrid se acostumbrara a hablar de la Movida, los jóvenes ya ocupaban salas de baile, descampados, billares, parques y esquinas. Se reconocían por la ropa, por la música, por el lugar del que procedían y, en ocasiones, por las personas con las que estaban dispuestos a pelear.

En los primeros años sesenta aparecieron pandillas como Los Ojos Negros, Los Látigos, Los Comilleros o Los Ranas Verdes. Dos décadas después, la ciudad estaría habitada por rockers, heavies, punks, mods, siniestros, progres y modernos.

No fueron exactamente el mismo fenómeno ni convivieron todos durante el mismo periodo. Entre unos y otros cambió la música, cambió Madrid y cambió también la forma de pertenecer a un grupo. La pandilla territorial fue dando paso a la tribu musical.

La historia anterior al relato oficial

Madrid no pasó directamente del gris franquista a la Movida

La historia más repetida presenta el cambio cultural de Madrid casi como una aparición repentina. Muere Franco, llegan los colores, abren las salas, aparecen Alaska, Almodóvar y los grupos de nueva ola, y la ciudad empieza a moverse.

La imagen es atractiva, pero demasiado limpia. Madrid no permaneció culturalmente inmóvil hasta que alguien encendió un amplificador en Malasaña. Durante los años cincuenta, sesenta y setenta se había ido formando una cultura juvenil propia, fragmentada y muchas veces invisible para los medios.

Esa cultura creció especialmente en los barrios populares y en la periferia. Allí llegaron miles de familias procedentes de otras regiones españolas, atraídas por el empleo industrial y por una ciudad que se expandía con mayor rapidez de la que podía urbanizarse.

Muchos de aquellos nuevos barrios tenían viviendas precarias, comunicaciones deficientes y pocos espacios de ocio. Pero tenían jóvenes, música y una enorme necesidad de construir lugares propios.

Una música bajo vigilancia

Cuando escuchar rock podía parecer un problema de orden público

El rock and roll llegó a España durante la segunda mitad de los años cincuenta a través del cine, la radio, los discos importados y las emisiones que podían escucharse cerca de las bases estadounidenses. No llegó solo como una música nueva. Traía también una manera distinta de bailar, vestirse y relacionarse.

Para una parte de la prensa y de las autoridades franquistas, aquel ritmo extranjero representaba algo más inquietante que una moda. Permitía que centenares de jóvenes se reunieran, gritaran, bailaran y actuaran fuera de los comportamientos previstos por el mundo adulto.

La alarma moral no se dirigía únicamente hacia las canciones. El pelo más largo, las cazadoras de cuero, los pantalones vaqueros y la ausencia de corbata podían leerse como señales de desobediencia.

Los vaqueros, hoy convertidos en uniforme universal, eran todavía difíciles de conseguir en la España de comienzos de los sesenta. Vestirlos podía adquirir el valor de una declaración estética y provocar que su propietario fuera clasificado rápidamente como moderno, rockero o gamberro.

1956

El rock entra por el cine y los discos

Las noticias sobre disturbios relacionados con el rock en otros países alimentan la idea de que la nueva música puede contagiar comportamientos peligrosos.

1962–1964

Las matinales del Circo Price

Miles de jóvenes asisten a conciertos matinales de grupos modernos. La prensa empieza a observar aquellas reuniones con creciente desconfianza.

Años 70

La música divide nuevas identidades

El rock urbano, el heavy, el glam, la canción política y el primer punk empiezan a proporcionar códigos más definidos.

1980

Las tribus entran en la imagen

Fotógrafos, fanzines y revistas convierten a punks, mods, siniestros y heavies en personajes reconocibles de la ciudad.

Barrios, bailes y territorio

Las pandillas del sur de Madrid

Las primeras bandas juveniles asociadas al rock aparecieron con especial fuerza en el sur de Madrid. Carabanchel, Orcasitas y Usera habían crecido con rapidez, alimentados por la inmigración interior y rodeados de zonas todavía mal acondicionadas.

Las salas de baile de estos barrios no solían parecerse a los elegantes clubes que después ocuparían las fotografías de la noche madrileña. Muchas eran naves, sótanos, garajes o pistas improvisadas en antiguos descampados.

Allí pasaban parte de su escaso tiempo libre jóvenes trabajadores, dependientas, costureras y aprendices. Los grupos musicales tocaban en escenarios precarios mientras las pandillas convertían el baile en punto de encuentro, escaparate y territorio.

Pertenecer a una banda no significaba necesariamente formar parte de una organización criminal. La mayoría funcionaba como una pandilla ampliada: proporcionaba identidad, compañía, protección y reputación. Pero algunas practicaban la intimidación, participaban en peleas y ejercían un control real sobre determinados locales.

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Los Látigos

Una de las bandas señaladas entre las más activas durante los primeros años sesenta, dentro del mismo paisaje de bailes, barrios y rivalidades.

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Los Comilleros

Otra de las pandillas juveniles citadas en los testimonios de la época, aunque con mucha menos documentación conservada.

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Los Ranas Verdes

Formaron parte de aquella geografía juvenil en la que el nombre del grupo servía como identidad colectiva y advertencia.

La pandilla más temida

Los Ojos Negros y el dominio de The Boys

Los Ojos Negros estaban formados por aproximadamente una docena de jóvenes trabajadores y aficionados al rock and roll. Vestían de negro, utilizaban cadenas, muñequeras, botas y gafas oscuras, una imagen que resultaba mucho más llamativa en el Madrid de 1962 que en cualquier fotografía posterior.

Su principal territorio fue el circuito de salas de baile del sur, especialmente The Boys, un local recordado como una enorme nave de paredes húmedas y sucias. No era precisamente el CBGB madrileño, aunque compartía cierta alergia a la pintura reciente.

Desde allí actuaron como seguidores, protectores y promotores informales de varios conjuntos musicales, entre ellos Los Dayson, Los Diablos Negros y Los Silver’s.

Su protección no seguía exactamente los procedimientos habituales de una agencia de representación. Si el propietario de una sala se negaba a contratar al grupo que apoyaban, la amenaza de provocar altercados podía ayudar a desbloquear la negociación.

Uno de los músicos beneficiados por aquella presión fue el todavía joven Camilo Blanes, que años más tarde se convertiría en Camilo Sesto. Antes de llenar grandes escenarios, su grupo tuvo que abrirse camino en locales periféricos donde la contratación podía depender tanto del talento como de quién ocupaba las primeras filas.

Más que aficionados

Los Ojos Negros no se limitaban a escuchar música. Intervenían en la programación de los locales y defendían a determinados grupos, convirtiéndose en una pieza informal del pequeño circuito musical.

El día en que la alarma ganó

Las matinales del Circo Price y la juventud que nadie controlaba

Entre noviembre de 1962 y febrero de 1964, el antiguo Circo Price acogió una serie de festivales matinales dedicados a la denominada música moderna. Se celebraban los domingos por la mañana y reunían normalmente a cinco o seis grupos.

Cada sesión podía atraer alrededor de dos mil personas. El público apoyaba a sus conjuntos favoritos con una intensidad cercana a la rivalidad deportiva. Los sistemas de amplificación eran tan limitados que, en ocasiones, los gritos impedían escuchar a los propios músicos.

La prensa había recibido inicialmente aquellas matinales con cierta simpatía, pero pronto comenzó a presentar las reuniones juveniles como una amenaza. Lo que inquietaba no era solo la posibilidad de una pelea: miles de jóvenes estaban reunidos, excitados y actuando de una forma que las autoridades no podían dirigir.

El 26 de enero de 1964, después de una actuación de Los Diablos Negros, se produjeron altercados en las calles próximas. Las crónicas hablaron de cadenas, mobiliario urbano dañado y desperfectos en un vagón de metro.

Pocos días después, la Dirección General de Seguridad ordenó el cierre de las matinales. El mensaje era claro: el rock podía tolerarse mientras permaneciera bajo control. Cuando desbordaba el escenario y alcanzaba la calle, volvía a convertirse en un asunto policial.

2 temporadas Entre noviembre de 1962 y febrero de 1964
Cerca de 2.000 asistentes en algunas de las sesiones
26 de enero la jornada que precipitó el final
La ciudad se fragmenta

De pertenecer a un barrio a pertenecer a una música

Durante los años sesenta, la pandilla estaba vinculada principalmente al territorio. Se pertenecía porque se vivía en el mismo barrio, se frecuentaba la misma sala y se compartían amistades y rivalidades.

En los setenta, la música fue adquiriendo un peso cada vez mayor como elemento de identidad. El disco que se escuchaba, la ropa, el peinado y los lugares de reunión comenzaron a indicar no solo de dónde venía una persona, sino también cómo quería presentarse ante el mundo.

Primeros años sesenta Pandilla territorial
  • Barrio y sala de baile
  • Protección y reputación
  • Rock como estética compartida
  • Rivalidades locales
Finales de los setenta Tribu musical
  • Género musical y estilo
  • Ropa como código visible
  • Conciertos, fanzines y tiendas
  • Identidades más extensas que el barrio

No todas las etiquetas significaban lo mismo

Rockers

Recuperaban el tupé, el cuero, las motocicletas y el rock and roll de los cincuenta. Tenían antecedentes en los primeros rockeros, aunque como subcultura diferenciada adquirieron más visibilidad al final de los setenta y durante los ochenta.

Heavies y rock urbano

Se vincularon con fuerza a los barrios trabajadores. Las melenas, las camisetas de grupos y el vaquero funcionaban como un código compartido alrededor de una música más dura y directa.

Punks

Aparecieron en Madrid al final de los años setenta, todavía de forma minoritaria. La provocación estética, el ruido y el rechazo a las normas los situaron en la frontera inmediata de la Movida, pero también fuera de su versión más amable.

Mods y siniestros

Se hicieron especialmente visibles al comenzar los ochenta. Los primeros recuperaban la elegancia juvenil, el soul y los scooters; los segundos construían una estética oscura vinculada al post-punk y a la nueva ola.

Hippies y progres

Durante los últimos años del franquismo representaron otra forma de ruptura: pelo largo, contracultura, canción política, rock progresivo y rechazo de algunos valores sociales tradicionales.

Pijos y modernos

Eran categorías más sociales y estéticas que bandas organizadas. El término pijo identificaba a jóvenes asociados con ambientes acomodados; moderno terminó reuniendo a quienes seguían las tendencias culturales más recientes.

La parte menos fotografiada

Ellas también estaban allí

Buena parte de los relatos conservados sobre las primeras pandillas se centra en los hombres: quién dirigía el grupo, quién se peleaba, quién llevaba una cadena o quién intimidaba al propietario de una sala.

Ese enfoque responde en parte a la realidad de unas estructuras profundamente masculinas, pero también al tipo de sucesos que interesaban a la prensa y a la policía. La violencia producía titulares; la vida cotidiana alrededor de la música, bastante menos.

Las salas del extrarradio reunían también a dependientas, costureras, trabajadoras jóvenes y estudiantes. Ellas participaban en los bailes, en los grupos de amistad, en las modas y en las comunidades de seguidores que sostenían a los conjuntos musicales.

Con el paso de los años su presencia se hizo más visible sobre los escenarios, en los fanzines, en la fotografía y en la construcción de las nuevas escenas. No conviene inventar una igualdad que no existía, pero tampoco repetir una historia en la que ellos ocupaban toda la ciudad mientras ellas parecían limitarse a guardar los abrigos.

Cuando la tribu encontró una cámara

La Movida no creó las tribus, pero las convirtió en imagen

A partir de 1980, el fotógrafo Miguel Trillo comenzó a documentar el nuevo paisaje juvenil de Madrid. En conciertos, salas y fiestas retrató a mods, punks, siniestros, heavies y seguidores de grupos emergentes.

Sus fotografías y el fanzine artesanal Rockocó pusieron el foco no solo sobre los músicos, sino también sobre el público. Por primera vez, quienes asistían a los conciertos aparecían como protagonistas y no únicamente como una masa situada frente al escenario.

Para entonces, la relación entre música e identidad era evidente. Cada grupo había desarrollado sus propios códigos y la ciudad podía leerse a través de peinados, chapas, parkas, botas, scooters, chupas de cuero y camisetas.

La Movida aportó salas, medios, revistas, fotógrafos y una nueva capacidad para difundir esas imágenes. Más adelante también recibió respaldo institucional y terminó convertida en una marca reconocible de Madrid.

Pero debajo de aquella modernidad había una historia anterior: la de los jóvenes que se reunían en naves húmedas de Usera, los grupos que tocaban en las matinales del Price y las pandillas que utilizaban el rock para distinguirse de una sociedad que esperaba obediencia.

Antes de que Madrid aprendiera a vender su rebeldía, los barrios ya habían aprendido a fabricarla.

Entre Los Ojos Negros y los primeros punks cambiaron la ropa, las canciones y los lugares de encuentro. La necesidad de fondo permaneció: encontrar un territorio propio dentro de una ciudad diseñada y gobernada por adultos.

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